Se dirige al mar como al amor: con paso
firme, decidida, en línea recta, sin desviarse ni amilanarse ante el
viento cada vez más frío.
Se dirige al mar como al amor: sin
mirar hacia atrás, sintiéndose cada vez más joven, más ella
misma. Nada como el mar para ser ella misma.
La brisa marina, como el preludio de
cualquier amor, hacía desaparecer los años y las heridas.
A estas alturas el batir de las olas
tamiza los joviales chillidos de los niños. “Esto es el norte:
aprendimos a jugar entre risas con las olas oscuras y frías”.

La mirada sigue fija en el horizonte,
como la promesa de un paraíso marino. Cada vez es más difícil
mantener el ritmo porque el agua bate ya contra sus muslos. Bracea con
fuerza, como si luchara contra invisibles hilos. Nada la apartará de
su objetivo.
Se permite mirar a sus piernas,
ligeramente enrojecidas: el mar, como el amor, tiene la capacidad de
crear calor donde solo había frío.
Cuando el agua cubre su vientre, debe
respirar profundo, encogiendo la tripa. Pero ya sabe que esa
sensación de cristal es el nimio precio a pagar por el cielo prometido. La espumosa cresta blanca de una ola la hace ponerse de
puntillas mientras una sonrisa de niña aflora en su cara. “Aquí
estoy, aquí estoy yo”. Nada como el mar para volver a
reencontrarse consigo misma.
Aumenta frenético el ritmo de las
olas, que dejan a su paso una estela blanca, burbujeante, masticable
en el ambiente. Se acerca una ola que no podrá saltar. En el mar,
como en el amor, hay que saber cuándo rendirse, dejar de ser uno
mismo para sumergirse en el otro.
Este es el momento de la
transfiguración. Una última bocanada antes de estrellarse contra la
turbia superficie espumosa.
Silencio. Se detiene el tiempo. Aun con
los ojos cerrados, no hay sensación de desorientación. En el mar,
como en el amor, huelga mantener los ojos abiertos para sentir. El
mar la envuelve en su gélida suavidad y, a cada burbuja de oxígeno
emitida, se desprende un pesar. “Aquí estoy yo. De aquí soy”.
Subir a la superficie y respirar con la
sonrisa triunfante en la cara. A pesar de los años transcurridos,
allí sigue encontrándose a sí misma. La primera zambullida en el
mar, como en el amor, es una resurrección. Otra vida más, para las
muertes que se vengan, en el eterno retorno.
A lo lejos, la gente nada.
Algo en el fondo del mar tira de ella
para que vuelva a sumergirse. Se acuerda de cuando era niña y quería
ser una sirena, dando vueltas bajo el agua, sobre sí misma. Sólo
bajo el agua se desinhibe y se permite ser o no ser, sin rendir
cuentas a nadie -ni siquiera a sí misma-.
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