jueves, 26 de diciembre de 2013
Contar contigo
lunes, 18 de noviembre de 2013
No es falta de tiempo, es falta de educación
He tardado exactamente 30 segundos en escribir la frase con la que empiezo este post, 30 segundos que no me van a hacer perder el día, 30 segundos que no van a ninguna parte.En definitiva y para no aburriros, todo se reduce a una frase: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Piensa que para otra persona tu respuesta quizá es un alivio personal
domingo, 20 de enero de 2013
Contrato emocional
martes, 11 de septiembre de 2012
50 Sombras de Cullen
domingo, 22 de enero de 2012
Sobre la belleza de lo prohibido

Una de las situaciones por las que todo ser humano, con sangre corriendo por sus venas, debe pasar al menos una vez en su vida es la de desear aquello que le está prohibido. La prohibición puede venir desde un agente externo que, actuando como losa y acicate de nuestros deseos, no hace más que empujarnos un poquito más allá en nuestras ansias hacia aquello que sabemos que no nos conviene; pero – maravillosa incongruencia la del ser humano- puede proceder de nuestro mismo tejido cerebral que, casi omnisciente, sabe olfatear aquello que debe de ser evitado, aunque nuestro corazón insista en que tiene fuerzas para soportar una embestida emocional más.
Como casi todo el mundo seguramente sabrá, Homero nos cuenta que Odiseo, en su fatigoso regreso a Ítaca, tuvo que pasar junto a las Sirenas, esos seres mitológicos mitad mujer, mitad ave, cuyo canto atraía a los insensatos marineros hasta el punto de perecer estrellados contra las rocas. El rey de Ítaca, fértil en ardides, halló la forma de salvar a sus compañeros del letal canto, taponándoles sus oídos con cera, de manera que sólo lo disfrutara él, previamente ligado al mástil de su embarcación.
En este pasaje, muestra de por qué las letras clásicas gozan del adjetivo “clásico”, se nos habla de una de las perversiones favoritas del ser humano de ayer, hoy y siempre: la irrefrenable atracción hacia lo prohibido. Odiseo demuestra ser tan de carne y hueso como nosotros, aquejado por el atemporal mal de querer tenerlo todo y salir indemne. No es suficiente salvar el paso de las Sirenas lo más rápido que los remos permitan; Odiseo, como cualquiera de nosotros hubiera hecho en esa circunstancia, quiere, necesita escuchar con sus propios oídos las notas de esa melodía que lleva a los hombres a suicidarse conscientemente, con una sonrisa en los labios. Es la belleza de lo malvado, lo prohibido, aquello contra lo cual nuestro cerebro puede idear mil y un argumentos pero sentir -saberlo sin lugar a dudas- que pierde la batalla antes incluso de plantarse en el campo. Es el abrasador golpeteo de la sangre a través de nuestras venas la que nubla nuestro frío entendimiento y nos empuja – haya o no mástil al que atarnos- a comprobar en nuestro propio cuerpo la devastadora belleza de aquello que sabemos que nos conducirá, si no a un recio y estrepitoso choque frontal, a un futil callejón sin salida.
¿Qué más da que en nuestro interior se repita, una y otra vez, la improcedente pregunta del “qué harás después”? Nada puede hacerse cuando se materializa ante nuestros ojos el oscuro objeto de nuestros inalcanzables deseos. A partir de ese instante, atrona enloquecedor el corazón jurando que no se resquebrajará por lanzarse contra la pared que se deja intuir tras la sonrisa de ese hombre -o esa mujer- que nos llama y nos aleja a partes iguales. Nada como ese delicioso, frustrante y poderoso tira y afloja que nos subyuga y nos impulsa siempre hacia delante – da igual si no hemos comprobado si hay camino o no en esa dirección-, esa insana y ficticia necesidad que nos recuerda por un efímero instante que vinimos a esta tierra para vivir, aunque ello signifique acumular un número indeterminado de cicatrices.
Quizá lo más sensato sea aceptar que no podemos desviarnos, como las moscas hacia la luz azul, de aquello que nos ensalza y mata suavemente a partes iguales; quizá debamos aspirar hondamente el aroma de nuestra perdición y no poner trabas a nuestros ciegos pasos, pues no está en nuestras manos nada salvo aceptar las cartas que la vida tenga a bien repartirnos. Quizá lo único que pueda hacerse es aceptar que el corazón se fortalece a cada rasguño que le hacemos soportar y que éste es, precisamente, el propósito de la vida: tener marcas que atestigüen que se ha vivido y, a fuerza de coleccionar unas cuantas, entender que el corazón está hecho de un material mucho más resistente de lo que a priori juzgamos.
A fin de cuentas, ¿alguien en la sala querría dejar de ser Odiseo para encarnar a uno de los anónimos remeros que jamás podrán contar entre sus recuerdos el haber casi muerto por la belleza de lo prohibido?
jueves, 29 de diciembre de 2011
La insoportable racionalidad del ser

Uno de los temas que más éxito tiene entre los alumnos es el de mitología. A todos sin excepción -predelicuentes incluidos- les encanta escuchar la emasculación y consiguiente destronamiento de Urano o el fervoroso y terco amor de Orfeo hacia su queridísima Eurídice, desafiando hasta los mismísimos dioses, entre otros tantos. Pero antes de desgranar estas encantadoras historias, hay que explicar qué es un mito, para que comprendan que, a pesar de su parecido con un cuento cualquiera, no era eso exactamente para los antiguos griegos.
Resumiendo mucho, el mito viene a ser uno de tantos intentos que ha tenido el ser humano por explicar aquellas cosas incomprensibles que aparecían en su día a día. Es en este momento cuando digo a mis alumnos que preguntarse el porqué de las cosas es algo tan innato, tan natural en el ser humano como el mismo acto de respirar. Mis alumnos –algunos todavía en el tierno estado de bestias pardas- me miran con cierta extrañeza: no están muy convencidos de que sea tan importante e inevitable preguntarse por qué.
El ser humano es, de manera indiscutible e innata, un animal racional. Si bien es cierto que, tras casi treinta años pisando la superficie de este planeta, me he encontrado a ciertos especímenes que tenían más de animal que de racional, la excepción confirma la regla. Todo ser humano necesita entender por qué. “¿Pero con respecto a qué?” podría preguntar alguien. La respuesta es simple: con respecto a todo, siempre y cuando sea pertinente para el individuo en cuestión.
Quizá no me interese saber por qué se escribe “lobo” con b o por qué las barras de pan tienen esas marcas y no otras, pero otro tema completamente distinto sería saber por qué aquel chico, que parecía mostrar interés, de repente parece haber desarrollado una alergia galopante hacia mí o por qué el jefe ha decidido practicar un grado intolerable de crueldad sobre sus empleados o por qué la suegra no me acepta (con lo que yo me desvivo por ella!) o por qué me ha tocado a mí esta enfermedad.
Lo que nos confunde, nos deja varados y no nos permite avanzar hacia delante es la incomprensión, la falta de un porqué que aclare y desenrolle la situación en que nos vemos maniatados e incluso martirizados. Grandes traumas y frustraciones provienen de sucesos sin explicación. Nuestra mente busca una explicación –con mayor o menor grado de veracidad, eso es lo de menos; y si no, que se lo digan a los griegos y sus mitos- que detenga la espiral imparable de preguntas que puede llegar a crear nuestro cerebro, el verdadero yonki de porqués.
¿Qué importa si no encaja del todo una explicación o si no está completa porque falta la visión de la otra parte? ¿Importa algo si la explicación de mis desgracias tiene que ver con la alineación de unos astros o la tirada caprichosa de unas cartas? Tenemos una razón lógica –insisto, no necesariamente sinónimo de verdadera-, comprensible y a ella nos aferramos para superar los conflictos que la vida despliega ante nuestros ojos. Si tenemos el porqué, tenemos la mordaza para acallar la otra parte que es tan nuestra como el raciocinio, aunque infinitamente más problemática e indomable: el corazón.
El único problema con respecto a encontrar el porqué de las cosas es el tiempo. Porque el ser humano, además de racional, es, por definición, impaciente y no acaba de entablar una relación sana con el elemento rey del Universo que, valga la redundancia, necesita su propio tiempo, no el que nos conviene a nosotros.
Trataré del tiempo en otro post. Ahora sólo queda ser pacientes.
Difícil, ¿verdad?
domingo, 9 de octubre de 2011
AMB UNA VEGADA NO N’HI HA PROU

Desde el primer momento en que puse mis pies sobre tu asfalto, supe que lo nuestro sería una historia de amor, Barcelona.
A pesar de la apabullante amplitud de tus calles para una gijonesa como yo, a pesar del asfixiante, pegajoso, húmedo, continuo calor con el que parecías recordarme, gota a gota de transpiración, que aquel no era mi hábitat natural, me quedé irremediablemente prendida de ti.
Algunos me preguntaron – he de confesarte que lo siguen haciendo, Barcelona- qué tenías tú que me había embrujado hasta el punto de hacer las maletas y abandonar la tranquila tierrina que me vio nacer, qué sutil canto de sirena habías vertido en mis oídos que desde la primera vez que te dejé, jurándote volver, sólo querían escuchar aquellas palabras que flotaban en tu atmósfera cargada de polución, aunque no las entendiera todavía. Y yo, a pesar de todas las palabras que atesoraba mi cerebro tras tantos años de estudio, tantos libros leídos, tantas líneas traducidas, no sabía contestar nada más elocuente que esto: “Porque me gusta.” Esta sencilla y simple contestación no era más que la prueba irrefutable de que lo nuestro, Barcelona, sería una historia de amor verdadero. ¿Acaso sabe el amante explicar científicamente por qué le gusta su amado? ¿Acaso tiene alguna importancia si, tras sesudos esfuerzos, supiera plasmar en palabras los motivos que justifican su amor? Como mujer de letras, siempre he visto con recelo ese ansia devorador por explicar y justificar absolutamente todo. Como el amor, no eres algo que se explique, Barcelona, eres algo que se vive, se siente, se lleva adentro sin recordar exactamente cómo has conseguido llegar hasta ahí ni desde cuándo. Por eso, me niego a explicarte más allá del “porque sí”. Eres tan mía como yo soy tuya, Barcelona, y por eso siempre te seré fiel, porque me aceptaste tal cual llegué. Me aceptaste incluso cuando te miraba con recelo –tan grande y tan diversa, me preguntaba si habría sitio para mí-; estallaste conmigo de júbilo cada vez que el amor me visitó y hacías que el sol luciera triste cada vez que me abandonó.
Me has dado canciones que hicieron de telón de fondo de mis recuerdos; me has dado tus gentes, ésas que al principio son reservadas pero que, una vez que se dan cuenta de que quieres y aceptas su propia tierra tal cual es, ríen y lloran mis alegrías y penas como si fueran suyas. Y no sólo sus gentes sino, rica y tan cambiante como eres, también me has dado aquellas que, como yo, has adoptado y enamorado a partes iguales.
Sin pensarlo ni un segundo, volvería a beber fervorosamente del caño de Canaletes porque incluso los malos momentos vividos en ti son dignos de ser repetidos una y otra vez sólo por poder decir que ocurrieron en tus andenes de metro, sobre los adoquines modernistas del Eixample, bajo la serena mirada de tu Mediterráneo, en los misteriosos recovecos del Gòtic, ante las señoriales fachadas de Sarrià, en medio de tus atestadas Ramblas…
Me viene a la mente la primera frase en catalán que me trajo por la calle de la amargura, pues no era capaz de descifrar su mensaje. Aparecía en el vehículo destinado a donar sangre en Portal de l’Àngel. “Amb una vegada no n’hi ha prou”. Ha resultado ser de perfecta para definir mi historia de amor contigo, Barcelona: con una vez, no basta.

