jueves, 26 de diciembre de 2013

Contar contigo



“Y no me pesará acordarme de Elisa,
mientras pueda acordarme de mí,
mientras aliente un soplo de vida
 en este cuerpo.”



Si he de ser sincera, lo nuestro no comenzó bien. Aunque sólo nos lleváramos cuatro años, en según qué tramo de la vida, suponen un muro infranqueable, demasiado alto como para ver más allá de nuestras diferencias. Yo quería jugar a leer cómics en voz alta, impostando la voz y todo, y ella prefería salir con su pandilla de amigos, a ser posible, sin la acusica de su hermana pequeña que, de aquella, todo lo que oía lo cascaba a sus padres, sin miramientos ni calcular los efectos colaterales de semejantes confesiones. Para que os hagáis una idea: recuerdo haber comentado en medio de una cena, entre “pásame el pan” y “échame agua”, que la había oído decir “joder”. Silencio en la mesa; mi padre fulminándola con la mirada; ella, callada, roja y seguramente jurando matarme en cuanto tuviera ocasión. Así que no: no tuvimos buenos comienzos.

De repente, un día nuestra relación cambió. No sabría decir cuándo exactamente ni por qué motivo. El caso es que se empezó a forjar entre nosotras un pequeño pacto: lo que la una le contaba a la otra  de ahí no salía. Al principio eran cosas triviales: alguna anécdota graciosa con cierto profesor; estar nerviosa ante un examen de matemáticas; una compañera de clase que no caía demasiado bien... Después la cosa fue ganando en profundidad: lo que no nos gustaba de nuestros padres, de nuestras vidas y cuerpos adolescentes... Para cuando apareció el amor en formato de flirteo juvenil, la una no concebía no contárselo a la otra. Una servidora ha escrito muchos diarios a lo largo de su existencia. Los que escribía a los diez años eran tremendamente ingenuos en contenido -“Hoy me he levantado a las 9:45h., diario, y he desayunado leche con tostadas y miel”-, hecho que fue cambiando de manera directamente proporcional a los años cumplidos. Ella ha leído todos y cada uno de ellos, sin que ello nunca me haya parecido una incoherencia. Es más, siempre lo he considerado un alivio, un descanso tremendo el poder contárselo todo: con ella no debo ocultar nada, ni siquiera lo más escabroso o vergonzoso. Ella significa estar en casa, estar a salvo. No me juzga jamás y, aunque no esté de acuerdo con lo que piense, sienta o diga, ni se plantea por ello no estar a mi lado. Si el amor de tu vida es aquel que te acepta tal cual eres, no te intenta cambiar y daría lo que fuera por ti, sin duda alguna, ella es el amor de mi vida.

Tampoco creáis que la historia ha sido perfecta: a veces – me matará por haber escrito esto- no he sabido estar en mi sitio. Seguro que me ha perdonado y hasta lo habrá olvidado: soy yo la única que daría cualquier cosa por volver atrás y cambiar aquella etapa en que no supe estar donde debía. De ahí su grandeza: aun habiéndole fallado, sabe pasar hoja perfectamente, sin resquicio de rencor oculto -si algunos de los que estáis leyendo esto también le habéis fallado, sabéis que lo que digo es la pura verdad.

Ambas nos hemos ido haciendo mayores. Hemos ido pasando por muchísimas situaciones, algunas buenas; otras, a pesar de la sonrisa, nada buenas. A veces, hasta hemos estado muy cerquita de dejarnos vencer por el cansancio, por la vida perra y tacaña, por las traiciones, por las decepciones, por las elevadas expectativas de nuestros propios futuros que insisten en no mostrarse diáfanos, por el vacío que a veces se estira más que un chicle, por la desorientación que los cambios de etapa dejan en la boca del estómago, por el miedo, por el amor – presente o ausente, da igual qué variante-... Pero si nunca hemos cruzado más allá de la línea del “muy cerquita”, es porque con el paso de los años hemos comprendido que la una cuenta con la otra -”compañera, usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo”- y que si una dijese “que se pare el mundo, que yo me bajo”, le haría una putada gordísima a la otra. Prácticamente insoportable.

A día de hoy, después de tantos tiros pegados, tantas vidas y, por consiguiente, tantas muertes vividas, no sabría vivir sin ella al otro lado del teléfono. Ella es la sombra del buen árbol que siempre me da cobijo; ella es el espejo donde no temo mirarme; ella es mi mitad, aquello que ya tengo y lo que no; ella es lo inamovible, con lo que siempre puedo contar; ella es mi amor más allá de modas o convenciones; ella es mi debilidad, mi fe, mi fortaleza y mi orgullo.

Ella es mi hermana y se llama Eli.

Te quiero, Eli. Siempre es -y será- siempre.

Luci.

lunes, 18 de noviembre de 2013

No es falta de tiempo, es falta de educación

“Muchas gracias por tu email; le echo un ojo y te comento. Gracias. Un saludo.”


He tardado exactamente 30 segundos en escribir la frase con la que empiezo este post, 30 segundos que no me van a hacer perder el día, 30 segundos que no van a ninguna parte.


Y yo pregunto: ¿cuántos emails se quedan sin responder aunque sea con esta respuesta de “bien-queda”? Infinitos. No se trata de falta de tiempo, ni de volumen de trabajo, ni de falta de organización; se trata simple y llanamente de falta de educación.


Me da igual que seas el presidente de Telefónica, el presidente del Gobierno o el mismísimo Juan Carlos I: si te llega un email a tu bandeja de entrada, tu obligación es responderlo, simplemente por deferencia a la persona que te ha escrito, por tratarla justamente como eso, como una persona.


En el mundo laboral en el que me muevo el email se estila mucho y es nuestra herramienta de trabajo. Pues no os imagináis la cantidad de emails que muchas veces no reciben respuesta.
Y ¡ojo!, que no estoy pidiendo una respuesta tipo “Querido diario…”; me basta con una respuesta. Quizá la moda de favoritear un tuit cuando lo has leído pero no sabes qué contestar debería ser adoptada para los emails. Así, por lo menos, no te quedarás con cara de tonta esperando una respuesta de alguien que no te contesta pero se pasa 6 horas tuiteando -sí, esto me ha ocurrido- o actualizando su Linkedin.


Lo digo claramente desde aquí: ese tipo de personas pasan a engrosar mi lista de personas maleducadas, no de personas ocupadísimas que -las pobres- no tienen tiempo para juntar cuatro letras para contestarte. ¡No! No has contestado porque en tu fuero interno te sientes superior al resto de nosotros de alguna manera, sin darte cuenta de que “arrieritos somos y en el camino nos encontramos”. Quizá yo ahora necesite algo de ti y donde da la vuelta el aire lo necesitarás tú de mí. Si no lo haces por educación, hazlo por lo menos por egoísmo, pensando en algún futuro beneficio.



No hablemos ya de si lo que esperas es el veredicto de una entrevista de trabajo,  ese es otro tema que da para otro post: empresas que van de grandes y ya desde el proceso de selección dejan y mucho que desear. Esa función debería estar implementada en Linkedin: como en las páginas de hoteles que se valoran con estrellitas, estaría bien poder valorar a las empresas en función de cómo tratan a una persona que supuestamente quieren incorporar a su “familia”. Nos llevaríamos muchísimas sorpresas de ciertas empresas que van con la bandera de los derechos humanos e inculcando valores y luego son los mayores tiranos con sus trabajadores y futuros trabajadores, pero esa es otra historia.

En definitiva y para no aburriros, todo se reduce a una frase: “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”. Piensa que para otra persona tu respuesta quizá es un alivio personal

domingo, 20 de enero de 2013

Contrato emocional




Acordemos una noche entre tú y yo. Juraré solemnemente que no habrá amor si tú prometes hacer como si lo hubiera. Hablaremos mucho o nada en absoluto: no importará siempre y cuando la noche transcurra estrictamente entre tú y yo.
Deberás estar cerca de mí y será de obligado cumplimiento que cada cierto tiempo -que no exceda de un instante- el uno toque al otro para así sentir esa electricidad que reavivará mi entumecido corazón. Nos miraremos a los ojos, bien adentro, con toda la atención de que seamos capaces, pues, cansados como estamos del resto del mundo, bien sabremos que nada mejor hay ahí afuera.

Tómate tu tiempo al mirarme a los ojos: comprueba con ojo experto cómo surcan las decepciones mis pupilas, cómo las historias que murieron antes de haber nacido han oscurecido mi iris, cómo te hablan de mis noches en vela las arrugas que envuelven mis ojos. Intuye cómo era yo antes de este inmenso vacío. Enséñame, después, a leer los tuyos: dónde tienes las marcas de las batallas perdidas? Dónde se esconden los daños que has provocado y dónde los que te han infligido? Finge brillo en tu mirada para que yo también pueda maldecir el no haberte conocido antes de este inmenso vacío.

Toma mi mano con sencillez. No pidas ni siquiera permiso, pues no es un tesoro que muchos codicien. Recorre el dorso de la mía con tu pulgar, distraído, como si ese gesto no implicara nada en absoluto. Déjame recordar cómo se entrelazan los dedos: la sensación de echar raíces al hundir los míos en los tuyos, la ilusión de nexo inquebrantable...

No nos avergonzará el silencio que precederá al beso, pues los dos sabremos que no es más que otra cláusula de este contrato emocional. Deja que inunde la habitación, sin prisa, sin azorarnos pues no hay emociones en juego. Te dejaré hacer como si toda yo te perteneciera. Te haré creer que te siento mío. Y no habrá riesgo en ello, pues previamente habremos dejado nuestros corazones en el umbral de la puerta.

Te permitiré contar mis cicatrices si a cambio tú me enseñas las tuyas para poder marcarlas con un beso tierno. Exorciza mi miedo a ser invisible haciéndome visible sobre tu piel. Hazme real por unos instantes, para que pueda olvidar que hace mucho tiempo que estoy muerta. Mi entrega parecerá incondicional: prometo que no notarás la diferencia. Me abriré a ti en canal y por un instante dejaré al pie de la cama todas las Lucía que he sido para sólo ser, sólo sentir, sólo vivir. Tendrás el mismo derecho a desprenderte de tus yo anteriores y yo haré como que no he sido testigo de semejante intimidad siempre y cuando accedas a abrazarme hasta que me quede dormida. Respira contra mi nuca. Junta mis pedazos rotos con el poder curativo de tus brazos. Deséame buenas noches al oído, en un susurro apenas perceptible. No importarán tanto las palabras como la sensación de ser su destinataria entre las paredes que tanto silencio cobijan.

Prometo solemnemente al día siguiente mirarte con la huera cortesía de los desconocidos. El olvido más tupido tomará mi mirada y tamizará la emoción en mis palabras. Al día siguiente, todo será rígido, todo formalismos. Nadie – ni siquiera nosotros mismos- llegará a pensar que hemos sido capaces de semejante intimidad.

martes, 11 de septiembre de 2012

50 Sombras de Cullen

“Sí, éste es el libro del que todo el mundo habla”. Desde ese momento, empiezo a oír hablar de él, aparecen comentarios del dichoso libro en mi muro de Facebook e incluso en el último capítulo de Weeds que veo comentan algo de un tal señor Grey.

A leer se ha dicho.

Desde la primera linea, mi ceja izquierda se arquea, irónica. “¿Narración en primera persona?” No es especialmente común y recuerdo perfectamente qué adorable saga -y no hay ni una pizca de sarcasmo en ello: la ADORO. Si para alguien ya no es válida mi opinión, gracias por su visita y cierre con cuidado al salir- hacía que su protagonista narrase su fantástica historia de amor vampírica en primera del singular.

Las comparaciones saltan una tras otra: la protagonista es una mujer joven, delgada aunque no atlética -muestra la misma, exacta torpeza para los deportes que mi querida Bella-, de piel clara y delicada, amante de la literatura inglesa tipo Austen, Brönte y compañía, soltera y virgen, para más señas. Si Isabella Marie Swan era el nombre de la futura vampira, nótese que en “50 Sombras de Grey” la protagonista se llama Anastasia Rose Steel – nombre compuesto y apellido también comenzado por la letra ese: ¿mera coincidencia o soy una paranoide crepuscular irrecuperable?-, dotada de ojos azules y melena morena indomable –veo que ya se han otorgado los derechos cinematográficos: parece que la autora se haya adelantado a su petardazo a nivel mundial y haya decidido, para facilitarle el trabajo a la productora, describir a su protagonista como la actriz del momento, Kristen Stewart. Nuestra protagonista, para más inri, vive en Seattle, misma zona en la que se desarrollaban las aventuras y desventuras de la futura señora Cullen. La autora ha dotado -hurra por la originalidad de la señora James!- a Anastasia de sueños realmente vívidos, casi premonitorios, cosa que también le ocurría a Bella durante su período humano.

Los problemas con la comida tampoco son nuevos: Bella no comía demasiado y menos cuando Edward estaba presente, el cual, exactamente igual que Christian Grey, se presentaba tremendamente preocupado con respecto a este tema, dada la preocupación que ambos personajes masculinos comparten con respecto a sus féminas: mantener al objeto de su adoración en buenas condiciones físicas, materiales y mentales.

Sigue el calco con la familia. Al igual que Reneé, la madre de Anastasia es despistada, más infantil que su hija, se ha casado más de una vez y se dedica a las más variopintas e inútiles aficiones. En ambas sagas, la madre vive muy lejos -nótese que ambas viven en una zona tremendamente soleada, como Phoenix en el caso de Reneé y Georgia en el de Carla- de su hija, con quien se comunica por teléfono. Vuelve el plagio y mi pasmo ante la poca originalidad y vergüenza de E.L. James con la primera conversación telefónica entre madre e hija: la madre nota ominosamente que algo le ocurre a su hija y que ello tiene que ver con chicos, a lo cual Anastasia -como antes hiciera Bella- contesta con evasivas y colgando rápidamente el teléfono pues la señorita Steel -como le pasaba a la Swan- padece de vergüencitis aguda. Podría seguir con el padre de Anastasia que, cual Charlie, es taciturno, está divorciado y le gusta pescar.

La familia de Grey, otro tanto de lo mismo: tenemos a los Cullen en acción. El padre de Christian es médico, como lo era Carlisle, y Mia recuerda tremendamente a Alice. Y no puede faltar Rosalie, claro: lo único es que, para evitar la demanda de plagio, supongo, la ha colocado en la figura de Kate Kavanagh, amiga de Anastasia, guapérrima hasta en pijama de franela -lo cual aprovecha Anastasia Swan para sentirse mal, una vez más-, de carácter fuerte y marcado, que no duda en ponerle malas caras a Christian. Y claro, tampoco podía faltar un Jacob, así que la autora, sudando por el esfuerzo, crea el personaje de José – Dios santo, también empieza por J!!-, amigo pagafantas de Anastasia, de origen hispanoamericano, porque si me lo llega a hacer quileutte quemo el libro por indignación espontánea -nótese el deliberado uso desordenado de una frase tan, tan crepuscular que la autora de la saga sadomasoquista no duda en utilizar sin complejos.

Lo del tema de la vergüenza y la falta de autoestima se merece un párrafo a parte y bien largo, para que una servidora se despache a gusto. ¿Es que ahora para arrasar en las librerías de todo el mundo va a haber que dotar a las protagonistas de un complejo enorme, absurdo y cansino de inferioridad, que busca la realización de sí misma en el otro? ¿Es que ahora todas las heroínas tienen que sentirse feas -sin motivo comprensible, sin justificación alguna, rozando suavemente el límite de la estupidez o la falsedad- para ser redescubiertas por un hombre que les diga lo que son en realidad? ¿Es que ahora hay que sonrojarse cada tres segundos y morderse el labio -cual Bella Swan, cual Kristen Stewart- para ser tremendamente sexy? ¿Qué tipo de mensaje en clave se nos quiere transmitir? ¿Que la inseguridad es sexy? ¿Que morderse el labio y mirarse a los nudillos es afrodisíaco para los hombres? ¿Fingir ser débil nos ayudará a encontrar a nuestro Edward Grey - o Christian Cullen, a elección de cada una- particular que nos salve de aquello que no sabemos hacer solas?


Sigue el refrito de la autora, describiendo a Grey con rasgos de Edward Cullen: pelo broncíneo, irresistiblemente atractivo, asombrosamente rico, drásticos cambios de humor, sonrisa absolutamente arrebatadora -igual que le pasaba a la señorita Swan, Anastasia pierde el poder de concentración ante Grey-, guardián de un oscuro pasado, que le advierte a Bella -perdón, Anastasia; no sé cómo me he podido volver a confundir...- de que no es bueno para ella, que, de hecho, debería huir de él -vamos, el “what if I'm the bad guy?” de Edward! Y vuelve el plagio -total, ya no viene de aquí-, esta vez recreando a la perfección una de las escenas de Crepúsculo, la película: la primera cena entre Bella y Edward. La camarera se sonroja, hiperventila y coquetea con Edward, el cual no aparta los ojos de Bella mientras ordena. En cuanto se marcha la camarera, Bella le recrimina lo injusto que es el devastador efecto que causa sobre las mujeres. Fácil será, entonces, ver el descarado plagio que hace la autora de “50 Sombras de Grey” cuando los protagonistas van a desayunar tortitas a un IHOP.


Querida señora James, dígame que todo esto es un experimento editorial en clave de broma. Dígame que, en realidad, sólo quiere demostrarnos que cualquiera puede escribir -con un estilo de lo más plano y nada cuidado: descrito un polvo, todos son exactamente idénticos, con sus verbos y adjetivos de siempre- una historia de éxito internacional, siempre y cuando siga la fórmula siguiente: Edward Cullen+Bella Swan+sexo sadomasoquista= BEST SELLER. Por favor, admita ya que esto no es un proyecto serio ni muchísimo menos -asumámoslo: el libro en sí no tiene trama alguna, salvo leer a qué nueva técnica sadomasoquística Christian someterá a la cada vez menos casta y pura Anastasia-, sino una especie de broma irónica que nos indica lo malvada y apático que es la gran industria editorial, capaz de hacernos pasar por novela transgresora lo que no pasa de ser un fan fiction y no de los mejores, porque una servidora ha leído muchos fan fiction de calidad, condenados al anonimato, por desgracia. De hecho, el tema del BDSM ya había sido tratado previamente por Paulo Coelho en Once minutos, libro que seguro ha leído esta autora, ya que también le copia las palabras de seguridad “amarillo” y “rojo” y el orgasmo con fusta. O sea, como los buenos alumnos: no lo copian todo de la Wikipedia, sino que miran otra página más, para que no se note tanto la descarada copia.

Lo que no entiendo es como las fans de Crepúsculo permiten que Bella y Edward -nuestros Edward y Bella, chicas, que tanto nos han hecho disfrutar!- sean burdamente imitados en un querer y no poder de tono pornográfico. Vale que la Meyer se había quedado corta en las escenas de sexo pero de ahí a montarse en el dólar con el refrito de una historia relativamente reciente, preocupándose únicamente en cambiar los nombres me parece demasié. A pesar de que este post compare ambas sagas, son incomparables y la prueba definitiva es que no siento ni la más mínima pizca de interés en continuar leyendo los otros dos libros de la exitosa saga, porque algo me dice que me encontraré Luna Nueva, Eclipse y Amanecer de alguna manera. Y para eso, mejor releo a la Meyer.

domingo, 22 de enero de 2012

Sobre la belleza de lo prohibido


Una de las situaciones por las que todo ser humano, con sangre corriendo por sus venas, debe pasar al menos una vez en su vida es la de desear aquello que le está prohibido. La prohibición puede venir desde un agente externo que, actuando como losa y acicate de nuestros deseos, no hace más que empujarnos un poquito más allá en nuestras ansias hacia aquello que sabemos que no nos conviene; pero – maravillosa incongruencia la del ser humano- puede proceder de nuestro mismo tejido cerebral que, casi omnisciente, sabe olfatear aquello que debe de ser evitado, aunque nuestro corazón insista en que tiene fuerzas para soportar una embestida emocional más.


Como casi todo el mundo seguramente sabrá, Homero nos cuenta que Odiseo, en su fatigoso regreso a Ítaca, tuvo que pasar junto a las Sirenas, esos seres mitológicos mitad mujer, mitad ave, cuyo canto atraía a los insensatos marineros hasta el punto de perecer estrellados contra las rocas. El rey de Ítaca, fértil en ardides, halló la forma de salvar a sus compañeros del letal canto, taponándoles sus oídos con cera, de manera que sólo lo disfrutara él, previamente ligado al mástil de su embarcación.


En este pasaje, muestra de por qué las letras clásicas gozan del adjetivo “clásico”, se nos habla de una de las perversiones favoritas del ser humano de ayer, hoy y siempre: la irrefrenable atracción hacia lo prohibido. Odiseo demuestra ser tan de carne y hueso como nosotros, aquejado por el atemporal mal de querer tenerlo todo y salir indemne. No es suficiente salvar el paso de las Sirenas lo más rápido que los remos permitan; Odiseo, como cualquiera de nosotros hubiera hecho en esa circunstancia, quiere, necesita escuchar con sus propios oídos las notas de esa melodía que lleva a los hombres a suicidarse conscientemente, con una sonrisa en los labios. Es la belleza de lo malvado, lo prohibido, aquello contra lo cual nuestro cerebro puede idear mil y un argumentos pero sentir -saberlo sin lugar a dudas- que pierde la batalla antes incluso de plantarse en el campo. Es el abrasador golpeteo de la sangre a través de nuestras venas la que nubla nuestro frío entendimiento y nos empuja – haya o no mástil al que atarnos- a comprobar en nuestro propio cuerpo la devastadora belleza de aquello que sabemos que nos conducirá, si no a un recio y estrepitoso choque frontal, a un futil callejón sin salida.

¿Qué más da que en nuestro interior se repita, una y otra vez, la improcedente pregunta del “qué harás después”? Nada puede hacerse cuando se materializa ante nuestros ojos el oscuro objeto de nuestros inalcanzables deseos. A partir de ese instante, atrona enloquecedor el corazón jurando que no se resquebrajará por lanzarse contra la pared que se deja intuir tras la sonrisa de ese hombre -o esa mujer- que nos llama y nos aleja a partes iguales. Nada como ese delicioso, frustrante y poderoso tira y afloja que nos subyuga y nos impulsa siempre hacia delante – da igual si no hemos comprobado si hay camino o no en esa dirección-, esa insana y ficticia necesidad que nos recuerda por un efímero instante que vinimos a esta tierra para vivir, aunque ello signifique acumular un número indeterminado de cicatrices.


Quizá lo más sensato sea aceptar que no podemos desviarnos, como las moscas hacia la luz azul, de aquello que nos ensalza y mata suavemente a partes iguales; quizá debamos aspirar hondamente el aroma de nuestra perdición y no poner trabas a nuestros ciegos pasos, pues no está en nuestras manos nada salvo aceptar las cartas que la vida tenga a bien repartirnos. Quizá lo único que pueda hacerse es aceptar que el corazón se fortalece a cada rasguño que le hacemos soportar y que éste es, precisamente, el propósito de la vida: tener marcas que atestigüen que se ha vivido y, a fuerza de coleccionar unas cuantas, entender que el corazón está hecho de un material mucho más resistente de lo que a priori juzgamos.


A fin de cuentas, ¿alguien en la sala querría dejar de ser Odiseo para encarnar a uno de los anónimos remeros que jamás podrán contar entre sus recuerdos el haber casi muerto por la belleza de lo prohibido?

jueves, 29 de diciembre de 2011

La insoportable racionalidad del ser


En 3º de la ESO existe una asignatura optativa denominada “Cultura Clásica”, normalmente impartida por el profesor –o profesora, como es mi caso- de latín. En este ingente cajón de sastre se debe introducir a los estudiantes durante el irrisorio tiempo de un cuatrimestre en la cultura grecorromana, tanto a nivel histórico y social como literario y mitológico, a fin de que conozcan, comprendan, respeten y, si hay suerte, gusten del inestimable patrimonio de las civilizaciones griegas y romanas.

Uno de los temas que más éxito tiene entre los alumnos es el de mitología. A todos sin excepción -predelicuentes incluidos- les encanta escuchar la emasculación y consiguiente destronamiento de Urano o el fervoroso y terco amor de Orfeo hacia su queridísima Eurídice, desafiando hasta los mismísimos dioses, entre otros tantos. Pero antes de desgranar estas encantadoras historias, hay que explicar qué es un mito, para que comprendan que, a pesar de su parecido con un cuento cualquiera, no era eso exactamente para los antiguos griegos.

Resumiendo mucho, el mito viene a ser uno de tantos intentos que ha tenido el ser humano por explicar aquellas cosas incomprensibles que aparecían en su día a día. Es en este momento cuando digo a mis alumnos que preguntarse el porqué de las cosas es algo tan innato, tan natural en el ser humano como el mismo acto de respirar. Mis alumnos –algunos todavía en el tierno estado de bestias pardas- me miran con cierta extrañeza: no están muy convencidos de que sea tan importante e inevitable preguntarse por qué.

El ser humano es, de manera indiscutible e innata, un animal racional. Si bien es cierto que, tras casi treinta años pisando la superficie de este planeta, me he encontrado a ciertos especímenes que tenían más de animal que de racional, la excepción confirma la regla. Todo ser humano necesita entender por qué. “¿Pero con respecto a qué?” podría preguntar alguien. La respuesta es simple: con respecto a todo, siempre y cuando sea pertinente para el individuo en cuestión.
Quizá no me interese saber por qué se escribe “lobo” con b o por qué las barras de pan tienen esas marcas y no otras, pero otro tema completamente distinto sería saber por qué aquel chico, que parecía mostrar interés, de repente parece haber desarrollado una alergia galopante hacia mí o por qué el jefe ha decidido practicar un grado intolerable de crueldad sobre sus empleados o por qué la suegra no me acepta (con lo que yo me desvivo por ella!) o por qué me ha tocado a mí esta enfermedad.

Lo que nos confunde, nos deja varados y no nos permite avanzar hacia delante es la incomprensión, la falta de un porqué que aclare y desenrolle la situación en que nos vemos maniatados e incluso martirizados. Grandes traumas y frustraciones provienen de sucesos sin explicación. Nuestra mente busca una explicación –con mayor o menor grado de veracidad, eso es lo de menos; y si no, que se lo digan a los griegos y sus mitos- que detenga la espiral imparable de preguntas que puede llegar a crear nuestro cerebro, el verdadero yonki de porqués.

¿Qué importa si no encaja del todo una explicación o si no está completa porque falta la visión de la otra parte? ¿Importa algo si la explicación de mis desgracias tiene que ver con la alineación de unos astros o la tirada caprichosa de unas cartas? Tenemos una razón lógica –insisto, no necesariamente sinónimo de verdadera-, comprensible y a ella nos aferramos para superar los conflictos que la vida despliega ante nuestros ojos. Si tenemos el porqué, tenemos la mordaza para acallar la otra parte que es tan nuestra como el raciocinio, aunque infinitamente más problemática e indomable: el corazón.

El único problema con respecto a encontrar el porqué de las cosas es el tiempo. Porque el ser humano, además de racional, es, por definición, impaciente y no acaba de entablar una relación sana con el elemento rey del Universo que, valga la redundancia, necesita su propio tiempo, no el que nos conviene a nosotros.

Trataré del tiempo en otro post. Ahora sólo queda ser pacientes.

Difícil, ¿verdad?

domingo, 9 de octubre de 2011

AMB UNA VEGADA NO N’HI HA PROU



Desde el primer momento en que puse mis pies sobre tu asfalto, supe que lo nuestro sería una historia de amor, Barcelona.

A pesar de la apabullante amplitud de tus calles para una gijonesa como yo, a pesar del asfixiante, pegajoso, húmedo, continuo calor con el que parecías recordarme, gota a gota de transpiración, que aquel no era mi hábitat natural, me quedé irremediablemente prendida de ti.

Algunos me preguntaron – he de confesarte que lo siguen haciendo, Barcelona- qué tenías tú que me había embrujado hasta el punto de hacer las maletas y abandonar la tranquila tierrina que me vio nacer, qué sutil canto de sirena habías vertido en mis oídos que desde la primera vez que te dejé, jurándote volver, sólo querían escuchar aquellas palabras que flotaban en tu atmósfera cargada de polución, aunque no las entendiera todavía. Y yo, a pesar de todas las palabras que atesoraba mi cerebro tras tantos años de estudio, tantos libros leídos, tantas líneas traducidas, no sabía contestar nada más elocuente que esto: “Porque me gusta.” Esta sencilla y simple contestación no era más que la prueba irrefutable de que lo nuestro, Barcelona, sería una historia de amor verdadero. ¿Acaso sabe el amante explicar científicamente por qué le gusta su amado? ¿Acaso tiene alguna importancia si, tras sesudos esfuerzos, supiera plasmar en palabras los motivos que justifican su amor? Como mujer de letras, siempre he visto con recelo ese ansia devorador por explicar y justificar absolutamente todo. Como el amor, no eres algo que se explique, Barcelona, eres algo que se vive, se siente, se lleva adentro sin recordar exactamente cómo has conseguido llegar hasta ahí ni desde cuándo. Por eso, me niego a explicarte más allá del “porque sí”. Eres tan mía como yo soy tuya, Barcelona, y por eso siempre te seré fiel, porque me aceptaste tal cual llegué. Me aceptaste incluso cuando te miraba con recelo –tan grande y tan diversa, me preguntaba si habría sitio para mí-; estallaste conmigo de júbilo cada vez que el amor me visitó y hacías que el sol luciera triste cada vez que me abandonó.

Me has dado canciones que hicieron de telón de fondo de mis recuerdos; me has dado tus gentes, ésas que al principio son reservadas pero que, una vez que se dan cuenta de que quieres y aceptas su propia tierra tal cual es, ríen y lloran mis alegrías y penas como si fueran suyas. Y no sólo sus gentes sino, rica y tan cambiante como eres, también me has dado aquellas que, como yo, has adoptado y enamorado a partes iguales.

Sin pensarlo ni un segundo, volvería a beber fervorosamente del caño de Canaletes porque incluso los malos momentos vividos en ti son dignos de ser repetidos una y otra vez sólo por poder decir que ocurrieron en tus andenes de metro, sobre los adoquines modernistas del Eixample, bajo la serena mirada de tu Mediterráneo, en los misteriosos recovecos del Gòtic, ante las señoriales fachadas de Sarrià, en medio de tus atestadas Ramblas…

Me viene a la mente la primera frase en catalán que me trajo por la calle de la amargura, pues no era capaz de descifrar su mensaje. Aparecía en el vehículo destinado a donar sangre en Portal de l’Àngel. “Amb una vegada no n’hi ha prou”. Ha resultado ser de perfecta para definir mi historia de amor contigo, Barcelona: con una vez, no basta.